
"Y no pude evitarlo y me volví a enamorar". Esa es la frase que describe exactamente lo que sucedió cuando, de repente, me encontré con tus ojos mientras nos abrazábamos desnudos. No lo pude evitar. Te vi y volví a quererte, como si el tiempo no hubiese pasado, como si nunca nos hubiéramos hecho pedazos. Como si todo siguiera igual que en aquellos lejanos primeros tiempos en los que nos queríamos casi a la misma medida. Volví a sentirme querida en tus brazos. Volví a encontrarme en tus lindos ojos marrones y enormes. Volví a verte, sin contexto ni rencores, y solo pude abrazarte aún más fuerte. Te tenía conmigo devuelta, estabas queriéndome, yo te estaba queriendo. Todo era tan mágico e irracional, irreal, que temí que sea una fantasía, y ahora que estábamos juntos de nuevo, no quería soltarte más. Ahora, después de tanto tiempo cogiendo ebria y sin amor, por fin volví a sentirme amada, adorada mientras lo hacía. Por fin volvía a hacer el amor. Por fin dejaba de sentirme sola y descartable. Y, honestamente, no lo podía creer. Abría los ojos y estabas vos. Y esta vez era en serio, era real, no era un producto de alucinación provocado por el alcohol. Eras vos, eran tus brazos los que me tenían, eran tus manos las que sujetaban las mías, eran tus labios los que me recorrían el cuerpo y el corazón. Y así fue como, poco a poco e inexplicablemente, se formó una especie de cápsula del tiempo que nos llevó hacia atrás, hacia los buenos tiempos, y para cuando me encontraba en el presente, la secuela del viaje era ese sentimiento hacia vos, esa necesidad de demostrarte lo mucho que te quería. Y lo intenté. Te juro que lo intenté, y te quise con todas las ganas. Pero ahora no estás. Algo te retiene, un ancla te empuja hacia abajo y no te deja salir. O eso es lo que quiero creer, lo que elijo creer cuando te corto el teléfono a la madrugada porque no doy más de ocultar ese llanto que me quema, que me atraviesa la garganta. Pero la verdad, la cruda verdad que yo bien sé pero no admito, es que no existe ningún ancla que te impide acercarte a mí. Lo único que nos aisla es tu falta de ganas. No querés volver a estar conmigo. No querés volver a sentir lo que pasó aquella vez en la que te miré y eras el mundo. O quizás, quién sabe, ni siquiera lo sentiste realmente. Probablemente lo único que quieras ahora es seguir adelante con lo tuyo, pero sin mí. Y creo que eso lo dejaste bastante en claro anoche, cuando colgué el teléfono de repente y ni siquiera te diste cuenta. No volviste a llamarme. No volviste a escribirme. No volviste a desnudarme. No volviste a preguntarme si te quería. Vos no volvés más. Yo, al parecer vuelvo a los viejos vicios, repletos de tipos vacíos y vasos de vidrio.