Trato de escribir esto lo más rápido posible para tratar de ganarle la carrera al tiempo y al olvido. Hoy te vi. Te estaba esperando con mi enterito de sandías abajo del rayo del sol, tratando de encontrar reposo y algo de sombra en la columna de la puerta de la municipalidad. No estaba nerviosa, para nada. Solo tenía curiosidad. Una inmensa curiosidad me atravesaba la cabeza y enredaba todos los pensamientos a su paso. Los ojos me iban de acá para allá, algo enchinaditos por la luz de las cinco de la tarde, pero yo hacía un enorme esfuerzo por mantenerlos bien abiertos para divisarte mejor y cuanto antes. Al ratito caíste. Te ví y sonreíste y me contagiaste inmediatamente la alegría, tanto que hasta te abracé. Llevabas puestos unos jeans oscuros con un cinturón que creo que era marrón, unas zapatillas claras bien cómodas y una remera azul-celeste con un escote sencillo y provocador. Tenías una carterita blanca en el brazo izquierdo y las uñas pintadas de un rojo increíblemente bello. No usabas maquillaje. Yo creo que simplemente no te hacía falta. Tenías el pelo semi atado (tus rulitos escapaban de vez en cuando) y tus anteojos puestos. "Sencilla", pensé, "y hermosa", también. Inmediatamente buscamos un lugar para sentarnos. Elegiste un lugar en el centro, en el pasto, donde daba apenas la sombra de un árbol, y te pusiste a cebarme mates. Yo los tomaba dulces y vos amargos, y sin embargo supimos entendernos bastante bien. Nos hablábamos de todo. Saltábamos constantemente de un tema a otro, como si estuviéramos sumamente apuradas por contárnoslo todo de una. Yo quería conocerte y vos a mí. Quería que supieras cada detalle de mí, que lo tuvieras todo servido en bandeja, todo escrito en tu página en blanco, para que vos pudieras ver y decidir qué hacer con todo este desastre caótico que soy yo ahora.
Después de tanto hablar y hablar, una muchacha se nos acerca a invitarnos a una especie de protesta pacífica, un reclamo a la municipalidad y la nueva gestión para que dialoguen con una institución que beneficia y ayuda a los niños con autismo. Automáticamente fuimos y protestamos juntas, codo a codo, como si fuéramos compañeras de toda la vida. "¡Qué lindo conocerte así, che!", exclamaste sin una gota de ironía y me sentí completamente a gusto con tu presencia. Una vez finalizado el reclamo, nos fuimos a caminar y terminamos en la plaza de las artes (allí donde alguna vez un muchacho me dijo con una falsa timidez que yo le gustaba y quería besarme) y la charla y las risas encontraron su forma de hacerse camino. Te conté de mí (quería decirte sobre mis problemas del alcohol, pero temía asustarte así que no lo hice) y vos me brindaste un poco de tu historia, de tu vida, de tu persona. Al rato un sapo desubicado para su tiempo y lugar nos sorprendió y yo me asusté y te reíste. Te ofreciste a llevarme a casa y yo acepté sin ningún tipo de dilema. Te asombró que depositara mi confianza en vos tan pronto, pero yo ya no tenía nada que perder, así que no dudé en ningún momento. En el trayecto, hablamos un poco del pasado mientras me cantabas canciones de Eric Clapton en unos tonos tan maravillosamente exquisitos que quise parar el mundo solo para escucharte un poco más. Cuando me dí cuenta que ya estaba llegando a destino, te pedí que estacionaras un poco más lejos de casa y, sin preguntas ni titubeos, lo hiciste. Te pasaste media cuadra y estacionaste. Catalogaste al momento como una situación cursi en la que nunca se sabe bien qué hacer ni cómo, y automáticamente apagaste las luces, te pusiste de lado y me besaste. Clapton seguía sonando mientras nos reíamos entre chapes y nos acariciábamos las caras, como si intentáramos confirmar que la otra definitivamente era real. Yo tenía que irme, pero por supuesto que no quería, aunque el solo imaginarme que alguien pudiera verme besando a una mujer en los alrededores de casa me helaba la sangre y me arruinaba el momento. Yo tenía que irme, pero seguía dándote la mano, agarrándote el pelo y besándote la boca. Mi teléfono no dejaba de sonar, pero yo seguía dándote la mano, agarrándote el pelo y besándote la boca. Halagaste mi aroma sin saber que, minutos después, el tuyo me quedaría impregnado unos breves segundos en la piel. Eric Clapton canta su famoso "Leyla" y la tarareas mientras estas acostada sobre mi brazo. Nos miramos a los ojos y con picardía me retas a besarte de nuevo. Jugamos un rato hasta que finalmente lo hago entre risas. Mi teléfono vuelve a sonar y esta vez definitivamente tenía que irme, aunque seguía sin querer hacerlo. Me dijiste que estaba bien y casi como un acto reflejo dije que quería volver a verte después de tus vacaciones a Córdoba. Me diste el sí, prendiste la luz del auto y bajaste el espejo del acompañante solo para que pudiera arreglarme un poco antes de entrar a casa. Me vi hecha un desastre pero no cambié nada. Me gusta así. Te besé una vez más para despedirme, te pedí que me avisaras cuando llegaras a tu casa y en cuanto cerré la puerta del auto, me fui corriendo a casa como si fuera una nena que llega tarde porque se queda un rato más en la plaza a jugar.
Cuando me metí al baño y confirmé la caótica situación en la que se encontraban mi cara y mi pelo, supe que me encantabas, que esta vez era en serio y que, si vos estabas dispuesta a jugártela, yo lo tiraba todo por la borda y me iba corriendo a darte otro beso más con los labios color rojo despintado.